Volví a la parrilla de Don Osvaldo después de tres meses. La primera vez fui por recomendación de un vecino de Mataderos y salí conforme, pero con la sensación de que había que probar de nuevo para confirmar. Esta vez fui un sábado a la noche, con la mesa reservada por teléfono, porque los viernes y sábados se llena rápido y no aceptan demoras.
El local no cambió nada: manteles de papel, el olor a brasa entrando desde el fondo y la misma carta escrita a mano en una pizarra. Pedí vacío otra vez, para comparar con la primera visita, y un chorizo para compartir. La carne llegó en el punto exacto que pedí, jugosa por dentro y con la capa de grasa crocante que en otros lugares se pierde. El servicio fue directo, sin vueltas, pero atento: la moza se acordaba de que la vez anterior había pedido la provoleta bien dorada.
Lo que más me llamó la atención fue la constancia. Muchas veces un lugar te sorprende la primera vez y después baja el nivel. Acá el vacío tenía el mismo sabor, la misma textura y el mismo tamaño que en mi visita anterior. La relación precio-cantidad sigue siendo de las mejores que probé en la zona, y eso que en estos meses aparecieron dos parrillas nuevas a pocas cuadras.
El único detalle que noté: la espera fue un poco más larga que la primera vez, unos 15 minutos entre el pedido y la entrada del plato. Nada grave, pero si vas con hambre extrema, pedí el chorizo como entrada. En resumen, un lugar que mantiene la calidad y que merece la pena volver, sobre todo si buscás una parrilla de barrio sin vueltas y con sabor honesto.